miércoles, 13 de junio de 2007

LAS BARRANCAS II

Este es de EL MUNDO
De Chihuaha a El FuerteJOSE ANGEL MAÑAS
Es un enigma de casi dos millones de kilómetros cuadrados en el que coexisten las más diversas geografías en 33 estados. Playas en Cancún y Acapulco; pero también la sierra virgen de los tarahumaras y el desierto de Chihuahua, con estupendos recorridos en tren. Tras su máscara turística de mariachis y tequila, este país esconde un auténtico tesoro. La llegada no puede ser más espectacular. Sobrevolamos la ciudad de los chilangos, que les llaman a los del DF, una megalópolis monstruosa de 23 millones de habitantes que ya ha engullido el aeropuerto en que aterrizamos. Dicen que hay barrios de chabolas que crecen de un día al otro. Horas después, mirando desde el avión que nos lleva al norte, el DF ya ha desaparecido bajo el manto de la noche y millones de lucecillas alumbran artificialmente la ciudad. En Chihuahua tomo contacto con la realidad mexicana. Es una ciudad en extensión, de edificios de una planta y anchas avenidas. Yendo en coche hacia el hotel, me fijo en que hay muchas rancheras y mucho coche americano, Ford, Chrysler, Buick, sin matrícula. «Los traen de Estados Unidos. Ya se imaginan cómo», explica Raúl, nuestro guía mestizo. Los chicanos de acá llevan casi todos sombreros y camperas; se nota la influencia de Texas, el estado vecino. Llegado al hotel y viendo la botella de agua mineral junto al lavabo, uno no puede evitar pensar que Hernán Cortés conquistó un imperio con 400 hombres, mientras hoy los españoles que viajan a América ya no pueden ni con los microbios. Chihuahua es uno de los focos principales de la Revolución de 1910. Pancho Villa nació en Durango, pero vivió y luchó aquí. Se puede visitar el museo de la Revolución, la casa donde vivió con doña Luz, una de sus 25 mujeres, casi una por estado. «Para los americanos, Pancho es un villano; para nosotros, un héroe, el único que se ha atrevido a invadir EEUU», dice Raúl. Al recorrido por la casa sigue un recorrido por el pueblo. La catedral de Chihuahua, construida a lo largo del XVIII, la financiaron los mineros a razón de un real por cada marco de plata extraído. Está llena a rebosar. Indios, mestizos, blancos, todos escuchando con gran reverencia la misa. Un hombre, de rodillas, reza y acaricia los pies de la estatua de un santo. En el palacio del Gobierno, varios murales cuentan la historia de la región desde que llegaron los conquistadores hasta el fusilamiento de Hidalgo, padre de la patria, en 1811, aquí mismito. A las puertas, en la plaza de Hidalgo, hay un par de establecimientos donde los boleros te limpian las botas por unos pesos. Dos indios venden jícama, una fruta insípida y refrescante aliñada con polvo de chile. Chihuahua quiere decir «lugar seco y arenoso», y se entiende por qué en cuanto sales de la ciudad. Un autobús nos lleva hasta Creel, a través del desierto de Chihuahua, un secarral con granjas de protestantes menonitas, zonas de papeo y una multitud de huertas de manzana. Cruzamos varias veces la vía del tren, donde no hay barreras, tan sólo una pancarta: «Alto, cuidado con el tren». El tiempo se deshace en la inmensidad del paisaje. Llegando a la sierra, el aire refresca, aparecen los primeros pinares, y pasamos por San Juanito, envuelto en una nube de polvo, lugar donde dicen los mexicanos que sólo conocen dos estaciones, la del invierno y la del ferrocarril. El Tarahumara A la mañana, salimos a caminar por la sierra. Creel es la entrada a las barrancas, un lugar perfecto para que un guía te lleve a Basaseachi, dos horas y media en coche, donde están las dos cascadas más altas de México, una a 453 metros. Amanece ya, y pasamos junto a las primeras cabañas de tarahumaras. La mayoría viven en invierno abajo, en las barrancas, donde el clima es más benigno, y en la primavera se vuelven a lo alto de la montaña a sembrar. Ahí viven muy esparcidos, a veces a kilómetros unos de otros. Los tarahuramas se llaman a sí mismos Rarámuris, que quiere decir pies veloces. Son capaces de andar días enteros, a base de pinole, maíz tostado y molido que mezclan con agua. Raúl se queda parado a unos 50 metros de una cabaña. «Es costumbre suya. Cuando nos vean, saldrán a recibirnos». Al poco, sale una mujer tarahumara, con una banda roja en torno a la cabeza y un niño envuelto en una manta en brazos, que desaparece rápidamente, campo a través. Luego aparece un hombre, metiéndose una camisa a cuadros dentro de los pantalones vaqueros. «Espérenme aquí». Raúl se acerca a hablar con él, que se esconde detrás de su sombrero. Al cabo, nos hace seña de que vayamos. A cambio de 50 pesos, don Ramón nos deja fotografiarle a él y a su casa. Yo pienso en Artaud, que viajó a México en el 36 y estuvo unos meses conviviendo con tarahumaras. Artaud todavía pensaba que se podía escapar de la civilización. Don Ramón, cruzado de brazos, nos mira, tímido y reservado. «¿Cuántos niños tiene, don Ramón?», pregunta Raúl. «Seis o siete, más o menos». «Y cuántos ha perdido?». «Cuatro». El tren que nos lleva de Creel a Divisadero es de primera clase, pero sólo difiere del de segunda en cuanto a la gente que transporta. El tren no pasa de los 40 kilómetros por hora. Desde el vestíbulo, la vista es alucinante. La sierra se va haciendo más densa, el paisaje se va asilvestrando. En cada estación hay al menos dos tiarrones con fusil al hombro, y en el tren llevamos unos cuantos policías, todos de negro, gafas de sol y pistola al cinto. Uno de los empleados del ferrocarril, después de enseñarme, orgulloso, su tarjeta de trabajo, me explica que están aquí para protegernos. «Mire», señala dos impactos de bala en el quicio metálico de una puerta. «Nos asaltaron hace tres meses. Cinco chavalitos. Con Uzis. Las caras tapadas con pañuelos, verdad». Por lo que entiendo, pararon el tren en el interior de uno de los túneles y pasaron un saco pidiendo a punta de pistola todo lo que llevaran los pasajeros. Cuenta que mataron a un suizo que estaba filmando. «No quería darles la cámara, verdad. Hubo pelea y ¡bum! Muy fuerte, sí». La estación de Divisadero es un mercadillo de lo más pintoresco. Hay indias sentadas en el suelo haciendo cestitas con hojas de cáctus y agujas de pino, puestos de antojitos y tacos, y una cuestecita bordeada de puestos d eartesanía, al final de la cual está el mirador que da sobre las barrancas, un panorama de 160 kilómetros, cuatro veces más profundo que el Gran Cañón del Colorado. Abajo, a casi 2.000 metros de profundidad, confluyen tres de los seis cañones que forman las Barrancas del Cobre. La vista es sublime como un paisaje de Friedrich. Dos zopilotes planean pegados a los cantiles, dejándose llevar por las corrientes del cañón. De vuelta al tren quedan más de seis horas, la parte más bonita del viaje, la bajada a las barrancas. Cada vez que pasamos un puente, mirando abajo, da la impresión de que el vagón se ha echado a volar. El paisaje va dejando de ser serrano. Pasamos de los pinos tristes a los cactus candelabros, a los Palo Santo floridos, las amapas, los plátanos, papayas y aguacates. Toca escala en El Fuerte, en un hotel con jardines llenos de palmeras y de bugambilias rosas y carmesí. La gente, esa noche en la cantina, nos acoge con entusiasmo. Después de unos cuantos tequilas, un chavalote agarra la guitarra. Y un viejo nos hace los honores cantando una canción de Rocío Durcal.
No olvide
1.- La moneda es el peso (15 pesetas), pero aceptan dólares. Pida billetes pequeños. Las tiendas de artesanía no tienen cambio.
2.- Cuidado si bebe agua no «purificada», la venganza de Moctezuma podría estropearle el viaje. Llévese pastillas, por si acaso.
3.- No olvide las botas Santiago que tiene escondidas en el armario. Por 20 pesos, las limpian y las tiñen del color que quiera.
4.- Si ha abusado del tequila, desayune unos buenos Chilaquiles en un «Hospital de Crudos» (estar «crudo» es tener resaca).
5.- Coger el tren Chihuahua Pacífico, que le llevará de una altura de más de 2.000 metros hasta el fondo de las barrancas. Es una maravilla de ingeniería.
6.- En Divisadero, bájese corriendo del tren y disfrute de la vista del Mirador, una de las más impresionantes del mundo. Para 15 minutos.
7.- Dése una o muchas caminatas por los seis cañones de las Barrancas del Cobre, y si se atreve, súbase a la Piedra Volada.
8.- Respete la naturaleza, y recuerde: matar nada más que el tiempo, tomar nada más que fotografías, dejar nada más que las huellas.
9.- En Guadalajara, ir a la plaza de los Mariachis. Pero cuidado: la gracia puede salir cara. Conozca el precio antes de dejar que le canten.
10.- Si está en Mazatlán y es época de ballenas, a primeros de año, coja el ferry que le llevará en 15 horas a la Baja California.

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