miércoles, 20 de junio de 2007

MAS BARRANCAS

Creel
Es una versión a la mexicana de los típicos pueblos del viejo oeste. Forzado a salir del anonimato por su estratégica posición en las barrancas, Creel se ha convertido en la puerta grande para entrar a la Sierra Tarahumara. Su origen se remonta a 1907, cuando el entonces gobernador Enrique Creel concibió la idea de construir una vía férrea que uniera a Chihuahua con la costa del Pacífico y para ello estableció una estación con su nombre a 296 kilómetros de la capital estatal. Más de medio siglo después la industria del turismo descubrió el potencial de la zona, por ello, lo mejor de Creel no está en la población sino en sus alrededores. Aquí no hay mucho que ver y quizá su mayor “atractivo” radique en ser el único punto en muchos kilómetros donde uno puede abastecerse de comida, gasolina y efectivo.
Quienes disfrutan la naturaleza de lejitos deben hospedarse aquí y degustar carne de res en sus distintas modalidades (si quiere probar algo exótico pida el bistec rarámuri); el resto puede pasar de largo y acampar en el bosque. En todo caso, si lo sorprende en Creel una tarde de ocio —como generalmente sucede— diríjase a la avenida Adolfo López Mateos, ahí se encuentran la plaza principal con sus dos pequeños templos en honor a Cristo Rey y Nuestra Señora de Lourdes, la Casa de las Artesanías —con interesante literatura sobre los tarahumaras y mapas— y un pequeño museo de paleontología. La mejor vista del valle se tiene desde el mirador Cristo Rey, en una colina al oeste del pueblo.
Arareko
El ejido de San Ignacio es una digna primera parada tras dejar Creel. Tiene una extensión de 20 mil hectáreas y posee uno de los pocos proyectos en la sierra donde los indígenas se han convertido en administradores de un conjunto de cabañitas cercanas al lago. A la comunidad se entra por la avenida López Mateos o por el kilómetro 95 de la carretera que conduce a Guachochi. Por cualquiera de éstas llegará a la misión jesuita del siglo xviii, cuya alegre fiesta patronal se lleva a cabo el 31 de julio. Cerca de la misión hay diversos conjuntos de formaciones rocosas que, sin mucha imaginación, asemejan figuras de ranas, hongos, monjes y elefantes. Basta preguntar a cualquier local para que le dé instrucciones sobre cómo llegar. La visita a Arareko se ha popularizado en parte porque es uno de los pocos lugares donde los turistas con curiosidad antropológica pueden darse una idea de cómo viven los rarámuri, que durante siglos han adoptado las cuevas como sus moradas. La más popular es la de Sebastián, muerto hace ya varios años, pero cuya familia sigue admitiendo visitantes a su singular vivienda (espere cierta occidentalización del concepto original). En estos tres puntos verá niños vendiendo artesanías, pero olvídese de encontrar alimentos.
Si acostumbra dejar lo mejor para el final, entonces recorra tres kilómetros más hasta el apacible lago de Arareko. Sus 40 hectáreas de superficie están rodeadas por un denso bosque y conforman un relajante marco para realizar caminatas y acampar. También puede rentar lanchas, caballos y hasta una cabaña para 16 personas. En Batosarachi, dos kilómetros después, existe un complejo de habitaciones más pequeñas. Se recomienda no nadar ni pescar en la zona sin permiso.
Cusárare
Siguiendo por la carretera a Guachochi llegará al municipio de Cusárare. Nuevamente vale la pena entrar en la pequeña población tarahumara para conocer otra misión jesuita del siglo xviii, construida en honor a los cinco Señores Santos: Jesús, José, María y los padres de ésta, Ana y Joaquín, a quienes se muestra en la única pintura que decora el recinto. Pronto se abrirá un museo que albergará el resto de los óleos, ya restaurados, que alguna vez pendieron de los austeros muros del templo.
Del otro lado de la carretera surgen dos entradas que llevan a la cascada de Cusárare. Si quiere caminar deberá estacionar el auto en la primera y atravesar el sendero de tres kilómetros hasta la caída de agua. Si toma la segunda desviación, sólo recorrerá 500 metros para llegar a ella. Vale la pena descender los 250 escalones hasta el fondo del pequeño cañón. Se puede acampar con permiso de los ejidatarios, pero no hay puestos de comida.
Divisadero
Cuarenta y tres kilómetros al suroeste de Creel se encuentra el mirador más accesible y concurrido de las Barrancas del Cobre: Divisadero. Su popularidad la tiene bien ganada, la vista que ofrece de los cañones de Urique, Tararecua y Cobre es espectacular. A pesar de no formar parte de poblado alguno, un conglomerado de vendedoras de artesanías y quesadillas se forma siempre en las horas a las que pasa el tren. El único vestigio de la civilización es el Hotel Divisadero Barrancas, donde se puede hospedar o comer en forma.
Las vistas que se tienen desde casi cualquier punto de la carretera de terracería que lleva a Areponapuchi son también para dejar embobado a cualquiera. El punto por el que todo mundo pasa se conoce como la "piedra volada". Como su nombre lo indica, se trata de una roca que pende del barranco y se balancea con el peso del turista en turno (sólo para temerarios e inmunes al vértigo). Juran los locales que no se cae. A ella se arriba por una vereda contigua a un rancho de nombre Little Ranch, a kilómetro y medio de Divisadero. Otro puesto de observación de primera se encuentra dentro del hotel Posada Barrancas Mirador, casi al llegar a Arepo.

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